LIBRO: NARICES CHATAS

Llegó la tercera edición de un clásico, el libro de Enrique Martín que combina, con pluma magistral, crónicas de peleas inolvidables, perfiles de boxeadores inmortales y relatos mágicos sobre el noble arte de los puños.

La portada de la gran obra de Quique Martín.

La portada de la gran obra de Quique Martín.

Hace 22 años que Enrique Martín sacó la edición inicial de Narices Chatas, el libro en el que condensaba su maestría periodística para dar una mirada al mundo del boxeo. Ahora está disponible la tercera edición ampliada de aquel Narices Chatas, que había tenido una reedición en 2006.

Al libro original (de corte periodístico, en el que Quique Martín repasa polémicas que rodean al boxeo y rememora antiguas crónicas de grandes peleas) se agrega en esta obra En este Rincón (en donde brillan 80 perfiles de figuras del pugilismo argentino) y Abeja Negra (una selección de cuentos cortos inspirados en el pugilismo). Los interesados pueden adquirirlo en Editorial  Dunken (Ayacucho 357, CABA) o solicitarlo al mail enriquemartin644@yahoo.com.ar

Como muestra, uno de los magistrales relatos:

NISEI LOCCHE

No hace mucho tiempo, Nicolino Locche evocó para nosotros algunos detalles de la pelea que le valió la corona del mundo en aquel lejano 12 de diciembre de 1968. Él ya no está porque se fue flotando en la nube de humo de sus cigarros rubios favoritos. Pero quedó su manera de ver las cosas, sencilla, casi fatalista, tan despreocupada y bohemia como su andar por el cuadrilátero, especialmente en aquel encuentro del que estamos celebrando el 40º aniversario.
A los nueve años ingresó por primera vez en un gimnasio de boxeo. A poco de cumplir los diecinueve se inició como profesional. A los veintinueve, Nicolino Locche consiguió el título mundial de los welter juniors en Tokio. Fue un jueves por la mañana en la Argentina, nueve horas después del día más caluroso de ese año 1968. En Tokio hacía frío, pero el camarín del estadio Kuramae estaba lo suficientemente calefaccionado -afuera había trece mil personas- como para que Nico durmiera su habitual siesta previa a cada uno de sus combates. Tirado sobre la camilla de masajes, apoyado sobre una esterilla y cubierto apenas por una breve toalla roja, aquel espontáneo, creativo y despistado boxeador aguardaba el momento de subir al ring para vapulear al hawaiano Paul Fuji, tal como había previsto desde el mismo momento en que se concertó el combate, seis meses antes, durante una convención de la Asociación Mundial en Pittsburgh.
Locche -bautizado Intocable por el periodista Piri García- nació con los guantes puestos y hasta el propio Paco Bermúdez debió admitir que aquel niño de tercer grado primario superaba en aptitudes a cualquier aspirante con decenas de peleas amateurs sobre la espalda.
El gimnasio Mocoroa, la tranquilidad mendocina y un indisimulable desapego por todo lo que fuese rigor y disciplina cimentaron luego la historia de Locche-ídolo, sólo superado en esa condición por Justo Suárez, aunque más “nuestro” por la cercanía del tiempo en que lució sobre el ring con su galera y su bastón, su ángel y su desparpajo. A caballo de aquel estilo personal, único, como rey del esquive, del visteo, de la palanca, del bloqueo. Manos de algodón, es cierto, pero con potencia no hubiese sido humano. Además, con su bagaje le puso un matiz distinto a una actividad dramática, un moño colorido al atuendo gris y duro de un oficio ingrato, riesgoso, tremendo.
“Estaba seguro de ganar. Fuji era menos que rivales anteriores como Laguna, Lopoppolo, Perkins o Brown. Y tampoco fue mi mejor pelea, por esa misma razón. Claro, es la que la gente recuerda más. Por el título, por la paliza, por el papelón del japonés. Le pegué hasta en la lengua, pobre tipo. Y para colmo, el público, después de tirarle de todo por abandonar la pelea, me llamaba Nisei (maestro) y me siguió con aplausos hasta la calle. Hasta me pedían que me quedara para enseñar boxeo en Japón…”.
Locche no lo dice, pero era otro boxeo. Cobró como retador sólo cinco mil dólares, y el campeón unos cuarenta mil. El contrato lo firmó Tito Lectoure en una servilleta -lo primero que tuvo a mano- para que los apoderados de Fuji no pudieran echarse atrás, como había ocurrido con Lopoppolo. Nadie quería pelear con Locche, que llegó a su compromiso cumbre con 106 peleas profesionales a cuestas. Ya era ídolo. Después sería leyenda. Las cinco defensas en el Luna Park (Morocho Hernández, Joao Henrique, Adolph Pruitt, Domingo Barrera Corpas, Antonio Cervantes) agregaron lustre. Las posteriores derrotas ante Peppermint Frazer en Panamá y el propio Cervantes (Kid Pambelé) en Maracaibo sirvieron para realimentar la polémica sobre su boxeo casero y su escaso interés por el entrenamiento. Pero no lograron lastimar su imagen. Volvió después de esos traspiés, siempre con estadio lleno, localidades agotadas, perfume de mujer en el ring side, alta costura al borde del ring. Y hasta casi se anima a retornar a los 41…
“Yo le decía a Cacho Fontana que sólo ensayara el aviso donde el sponsor (Peñaflor) me felicitaba por el triunfo. Que no perdiera el tiempo con el que me agradecían igual, por haber dejado todo. Ma’ que “cumplió dignamente” ni que carajo… Yo estaba convencido de que ganaba. Sólo me jodía la concentración, que ya era muy larga, y las precacauciones para no pasarme con el peso. Pero igual le tomaba la naranjada al Viejo Mórtola, de Crónica, o lel usaba la pieza a De Biase, de Clarín, para fumarme un faso. Estaba aburrido en el hotel. Akanaka Prince, se llamaba. O algo parecido”.
Era otro tiempo para el boxeo argentino también. Muchos enviados especiales. Una sola empresa patrocinadora, que hasta pagó los pasajes del sparring Juan Aguilar. Una página entera, a veces dos, en los diarios durante la semana previa. Y una cobertura infernal después del triunfo de Nicolino. A miles de kilómetros esperaba la autobomba de los bomberos voluntarios, igual que con Accavallo. El Intocable había cumplido con su pronóstico. Su superioridad fue abismal. Si hasta pareció un pugilista completo aquella vez.
Izquierda que va y viene. Jab que rompe la cara de Fuji. Derecha que se cruza y vuelve a dar en el blanco. Y un rival ausente, desorientado, perdido en el ring, cansado de nadar en el aire, de pegarle a nadie; decidido a irse en el noveno asalto, capaz de traicionar el principio oriental que obliga a quedarse hasta el final, aun ante la más absoluta adversidad.
“Buena persona, Fuji. Ellos le dieron con un caño, pero yo lo entendí. Qué iba a hacer. Estaba roto por todos los costados. No veía. Iba abajo en las tarjetas. El referí yanqui (Nick Pope) le daba ánimo, pero ni así. Al tiempo nos encontramos en Buenos Aires. Yo me había quedado con la corona y él con la cara estropeada. Hasta ahí, todo bien…
…después vino el trabajo de campeón. Muy sacrificado. Muchos autógrafos. Poca intimidad. Me separé de mi esposa y gasté más de la cuenta. Pero no le hice mal a nadie. Ahora, a la distancia, todo se ve de otra forma. Estoy satisfecho. Vivo feliz con María Rosa, como bien, visto bien. Y trato de no fumar, pero no puedo. El cigarrillo fue y es mi peor rival. Pero no lo odio. Lo respeto. Era más fácil boxear”.
“Total esta noche/minga de yirar
si hoy pelea Locche/ en el Luna Park…”
Chico Novarro (Un sábado más)

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