HISTORIA A LAS PIÑAS: DUELO INOLVIDABLE

Un 14 de octubre como hoy, hace 43 años, el Luna Park estallaba con el choque entre dos gigantes de la categoría welter: Abel Cachazú y Horacio Saldaño.

Cachazú y Saldaño, dos grandes peso welter de la década del 70.

Cachazú y Saldaño, dos grandes peso welter de los 70.

Octubre de 1972. El boxeo metido en las tripas peleando nuestro podio con el fútbol, algo antes del periodismo. Tribunas de domingo y de noches sabatinas. El país hervía ante la reciente matanza de Trelew, aguardaba que Monzón se sacara de encima a Briscoe como a Bouttier (se llevaría un buen susto) y colocaba en la rampa del hartazgo a la dictadura de Lanusse para abrir las puertas al retorno triunfal del líder peronista, que se preparaba en las gateras madrileñas.

El sábado 14, bien primaveral, comenzó con la consagración de All Boys y su ansiado primer ascenso a primera división. Fuimos en barra sólo para ser testigos de una tremenda emoción ajena. Y desde el estadio de Huracán, marcha lenta hacia el plato fuerte de la fecha en el Luna, el promocionado y atrapante nuevo duelo entre dos enormes del boxeo nacional: Abelardo Albino Cacagüi, mejor conocido como Abel Cachazú (31 años), rey argentino de los medio medianos (así llamábamos a los welters) frente al impetuoso tucumano Horacio Agustín Saldaño (casi 25), ya por ese entonces ídolo y Pantera, tan taquillero como Nicolino, tan querido.

Brillaba en la categoría el sexteto mayor: los protagonistas de esa noche, más Ramón La Cruz, Miguel Campanino, Esteban Osuna y Mario Guilloti, ¡más o menos! Como para adornar las carteleras de toda la temporada. Pero la pelea de esa noche juntaba a los más mentados.

Claro que ya teníamos la entrada desde el miércoles. La fila por Bouchard sumaba doscientos metros, dos horas antes del primer preliminar. Nadie iba a perderse el debut profesional a seis rounds, de ese niño prodigio que fue Carlitos Martinetti. También por eso pagaron 23.345 espectadores. Y nada desentonó.

Todo fue electrizante. Diez rounds, de principio a fin. Inolvidable. A los dos minutos, Saldaño le clavó un tremendo cross de derecha a Cachazú, que voló medio metro y se repuso como pudo. A los 2m35s, otra vez el campeón y su pantaloncito blanco a la lona, sorprendido, aturdido. Escuchó los ocho del conteo mientras las dos populares bramaban. No estaba en juego el título, pero a nadie le importaba. Ya habría tiempo para un tercer capítulo (tres años antes había ganado Saldaño por puntos y hubo otro empate en el 73).

Y Cachazú remontó la cuesta del primer asalto, de la pelea, de las tribunas en contra y de nuestra incredulidad. No habíamos visto nunca tanta adrenalina sobre un ring hasta ese momento. Saldaño lo acorralaba y le lanzaba combinaciones de cuatro golpes. Cacha esquivó, esquivó, esquivó y en un momento pasó a la delantera. Cambió todas las propuestas en una infernal media distancia, a la mexicana, pero caminando con el toque criollo, elegante, fino. Un tigre…contra la endemoniada Pantera, ese vigoroso, veloz y eterno prospecto que nunca calzó corona ni resignó la receta de su idolatría.

Esa noche, de todos modos, Cachazú le birló un pedazo de gloria, entre tanto fragor, concepto técnico, cambio de táctica y cojones al cien por ciento. Dos grandes en acción. Y nosotros transpirando en la cabecera, lejos del cuadrado, pero con ojos jóvenes como para no errarle a ningún golpe, a ninguna mueca.

Saldaño nunca reculó, pero Cachazú lo metió en su maraña de maestro, de su contraataque balanceado, de sus piernas flexibles y, después de pasarla mal en el quinto, encaminó el barco hacia un final de apoteosis.Casi lo derriba con un impecable zurdazo cruzado en el noveno, lo llevó por delante, propuso y contestó. Nada de amarres, todo boxeo ante la presencia pasiva del gran árbitro José Gómez. Final a toda orquesta. Abrazo de los héroes, ovación interminable y empate, qué otra cosa. Dividido el fallo, divididos los corrillos en la calle hasta la madrugada.

El tucumano que generaba delirio con solo saludar en el ring y el operario de Segba que nunca dejó el overol, brindaron aquella noche un espectáculo gigante, un monumento, más grande aun, hoy, 43 años después. Lindo poder contarlo.

ENRIQUE MARTÍN

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