HISTORIA A LAS PIÑAS: AMÍLCAR BRUSA

A cuatro años de la muerte del mejor entrenador argentino de todos los tiempos –cuatro días después de cumplir los 89 años-, una semblanza del gran técnico santafesino por la pluma de Enrique Martín desde su libro Narices Chatas

La dupla perfecta: Amílcar Brusa y Carlos Monzón, juntos por 18 temporadas.

La dupla perfecta: Amílcar Brusa y Carlos Monzón, juntos por 18 temporadas.

El viejo enorme, más derecho que un tablón flamante, reparte sus mañanas en los parques. Pero no está allí para quejarse por las magras jubilaciones ni para tirarle maíz a las palomas. A la orilla de los ochenta, antes que el sol, gobierna en el Centenario o en la Plaza Lorea con su gorra adolescente y sus pupilos aun verdes corriendo tras la gloria en piques cortos, ahora largos, carretillas.

El viejo enorme, siempre armado del cronómetro detector, cumple de memoria su tarea. Conversa con algún buen fisonomista, firma dos autógrafos, y coincide  en que Carlos Monzón fue lo más grande. ¿Y quién otro? si él también lo tuvo así, inflando los pulmones con mil litros de ambición, pelando zapatillas a cuenta de la suerte…

Amílcar Brusa supo que su carrera como peso pesado amateur se terminaba el día que Rafael Iglesias lo dejó afuera en la final selectiva para los Juegos del 48. Había sido campeón Guantes de Oro y De los Barrios, e intentaría algo más, como la lucha libre, pero también estaba dispuesto, con apenas veintipico, a enseñar todo lo que sabía. Primero a José Lemos, a Roberto Chetta y a Santiago Miranda. Y un día cualquiera también a ese flaco que apareció dudando en el gimnasio de Unión de Santa Fe, con un desengaño de otros técnicos a cuestas y sólo siete peleas amateurs. Nunca más se separaron. Llegaron al destino final, la pelea profesional número cien, la decimocuarta defensa de la corona, el crédito internacional más imponente que un boxeador argentino haya ganado jamás y una satisfacción que hoy se traduce en gratitud, contra el paso del tiempo, las habladurías, las injusticias, contra la muerte.

Cuando Escopeta (bautizado así por el periodista santafecino Julio Juan Cantero) dijo basta en la burbujeante noche de Montecarlo, su entrenador de toda la vida comenzó a deshojar la margarita telefónica. Todos lo querían ahora, ya, ayer. Y así hizo campeón mundial a Miguel Ángel Cuello y a una carrada de extranjeros de diverso color y pelaje. Todos buenos, ninguno como Carlos, ya sabemos, y la patente dorada de la Asociacioón Mundial que lo consagró alguna vez como el mejor en su tarea, es decir, hacer campeones, como Baldomir ¡a los 83!

En Miami con los Dundee o con Tuto Zabala, en Venezuela con Rafito Cedeño, en Los Angeles con Ricardo Maldonado, todos managers conocedores que apostaron a la ciencia exacta del grandote, a su sencilla sugerencia, a su poder de persuasión que hasta se tradujo en ofertas políticas provinciales. Brusa dijo que no, que seguirá en el gimnasio, al borde del ring y también en las plazas. Pero nada de clase pasiva. Lo suyo es la clase magistral con tema recurrente: ¿cómo se hará un nuevo Monzón?

ENRIQUE MARTIN

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