A 45 AÑOS DEL GRAN GOLPE

El 7 de noviembre de 1970, Carlos Monzón conmovía al planeta al noquear de manera al italiano Nino Benvenuti en Roma para iniciar su reinado en la categoría mediano. La mirada de Enrique Martín sobre el campeón más dominante de la historia de nuestro boxeo.

El golpe de KO. Monzón termina su obra en el 12º round,

El golpe de KO llega pleno a Benvenuti. Monzón termina su obra en el 12º round,

Los adjetivos se gastaron, perdieron efecto. Para idolatrarlo, sobreestimarlo, envidiarlo, destrozarlo. No los usaremos, y entonces, a ver qué sale.

Carlos Monzón extendió sus brazos para unir su San Javier con Montecarlo; una partida de truco o un tute cabrero en un tugurio de Martínez con los traseros y las burbujas del Lido de París; su abstinencia de tabaco antes de las peleas con la curda que se agarró -de alegría- en la fiesta de quince de su hija Silvia, cuando terminó desafiando al Negro Olmedo en el arco que dibuja el chorro de la orina, ante los invitados vip arribados en yate al club de ricos y de tenis junto a la laguna Setúbal.

Nunca conoceremos el final, pero las puertas del ascensor se cerraron y allí quedó el campeón mundial mediano de las 100 peleas y de las 14 defensas sin mancha, cara a cara con Úrsula Andress. Se reía Carlos, porque los doce pisos de suspenso alcanzaron para engañar a los periodistas y para frotar a las cazadoras de fieras, de aquí y de allá. Siempre pareció a cubierto del peligro, hasta cuando tuvo un estadio cabeza abajo durante el medio minuto de su amnesia con Briscoe, o cuando Rodrigo Valdés le serruchó las piernas pero no el orgullo en su combate del adiós.

Monzón, esa cara de suficiencia sobre una historia que debió sufrir a solas en el comienzo y en el final, repartiendo con todos sus compatriotas (?) el ínterin de cada hora, cada dólar, cada intimidad. Una escopeta como él debió haberse disparado mucho antes en un país que juega sus amores y sus miserias en la bolsa de valores de los demás. El sueño de una sociedad que olvida todo menos su ombligo terminó en otra pesadilla con una esposa sin vida, una jueza sin testigos, un fallo de argentinos.

La vedette se borró, los orígenes no; Benvenuti sigue cayendo como un títere, y sólo en Europa o en Nueva York saben cómo era, con qué estaba hecho el tren que lo embistió. Monzón les anunciaba la derecha, los hipnotizaba sin distinción de raza, color o credo. Y creía en pocas cosas: en Dios; en esa camiseta de Colón que un pibe desconocido le escondió en el cajón del viaje; en su potencia más fuerte que sus metacarpos, y en su sed sin adjetivos. Por eso escupía -¿sin motivo?- cuatro veces por minuto.

El video de la pelea completa (transmisión de RAI)

ENRIQUE MARTÍN
(Del Libro Narices Chatas)

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