EL REY ROQUIÑO

Hace exactos 50 años, el 1º de marzo de 1966, Horacio Accavallo vencía al japonés Kutsuyoshi Takayama en Tokio y se convertía en el segundo campeón mundial argentino después de Pascual Pérez. En las Bodas de Oro de aquella conquista, una imperdible entrevista previa en la desaparecia revista Extra.

accavallo

La doble página de El Gráfico, pintura exacta del triunfo de Accavallo.

Fue desde payaso, por 20 pesos mensuales, hasta vendedor de turrones en la cancha. Más que con el campeonato mundial sueña con una cadena de zapaterías en Lanús. El sábado 7 de agosto un diminuto argentino de 30 años, Horacio Accavallo, se convirtió en serio aspirante al título de los moscas al vencer por puntos, en el Luna Park, al campeón Salvatore Burruni. Accavallo está en el quinto puesto del ranking internacional de su categoría, y es hoy la única esperanza que tienen los argentinos de conseguir un campeonato mundial a corto plazo. ¿Cómo es Accavallo por dentro? EXTRA habló con él, en la víspera de su pelea con Burruni, mientras se entrenaba en el Luna Park.

ÁFRICA RUGE. Cuando EXTRA entra al estadio, Accavallo parece un objetivo tan inalcanzable como la Luna. Su preparador técnico, el ex campeón olímpico Juan Aldrovandi, y su manager, Enrique Vaccari, tratan de evitarle el reportaje. “¿No es lo mismo que le conteste yo?”, dice Aldrovandi, bajo, alerta, mordiendo una pipa que echa ese aroma chocolatado del tabaco nacional. Deletrea su apellido: “Escríbalo con ve corta”. Guiña un ojo. “Dell’alta Italia, ¿sai?”. Trata que su resistencia a que veamos a Accavallo no caiga mal. Y su titubeo es comprensible. No menos de 60 periodistas vieron a Accavallo durante la semana para preguntarle “¿Cómo se siente, Horacio?”. Pero al fin, cuando comprende que no hay otro remedio, palmea al cronista y va a buscar al campeón argentino.

Estamos en el centro de entrenamiento del Luna, y África ruge. Los tablones del piso de ese salón, largo como una cuadra, tiemblan y crujen. En tres rings y fuera de ellos, unos cuarenta boxeadores corren, se golpean, dan vueltas de carnero, arremeten con furor solitario contra “punching-balls” que cuelgan del techo bajo, o pegan contra las enormes bolsas de arena. Un negro musculoso y sudado, con algo que parece una malla de baile roja, pantaloneros amarillos, casco de cuero y “glukinas” —una especie de anatómicas de cuero protectores de la entrepierna— golpea con sus puños enguantados contra las palmas de su manager que le hace indicaciones en voz baja. Al mismo tiempo, un chico de catorce años con malla negra y un protector en la dentadura que le da aire de orangután, amaga solo, al aire, se tira en una colchoneta, se para sobre su cabeza, hace flexiones de cintura, salta a la cuerda.

TARZÁN DEL SUBDESARROLLO. Se acerca la gloria, con remera blanca y “blue-jeans”. No medirá más de 1,58 y parecería un pibe de 12 años si no fuera por esa cara arrugada, endurecida de tanto ingeniárselas para vivir. Lo que queda de su infancia en Accavallo es el mechón castaño sobre la cara. Porque sus ojos, sin brillo, nos hablan de esos pibes con cara de viejo que un día fueron muy golpeados y no precisamente por el boxeo. Es una cosa que empieza mucho antes. Son los ojos de los chicos que se la rebuscaron en la calle. Pero cuando sonríe las arrugas quedan olvidadas.

Será porque ahora le va bien, pero es innegable que al sonreír, a Accavallo se le enciende la cara. La leyenda cuenta que Accavallo dijo una vez: “La culpa de que yo pelee en la categoría mosca la tiene mi viejo, que no me pudo dar bien de comer. Soy un subalimentado. Si en este país todos morfaran como la gente, capaz que yo peleaba de pesado.” Todo un Tarzán del subdesarrollo, que nació en 1935 en una casita de chapas de Villa Diamante, en una familia de inmigrantes. Su padre es un calabrés de Potenza y su madre es española y el sueldo municipal nunca alcanzó para nada. Así fue como Accavallo —que tiene tres hermanos— no pudo ir más que hasta tercer grado.

EL BOTELLERO. —A los diez años empecé a trabajar de botellero. Mira angustiado como si hablara chino. —¿Me entiende? ¿Sabe qué es botellero? Pero quizá después, empezó lo que, dentro de todo, era lindo: —Entré al circo. Fui payaso, trapecista… Sonríe y como una confesión incontenible: —Es que siempre me gustó el aplauso, qué le va a hacer. Soy bohemio. Pero el circo se fue al Brasil cuando él tenía 16 años y tuvo que dejar el arte para mejor oportunidad. —Lustré zapatos por Pompeya, vendí diarios en Avellaneda. Los domingos, en la cancha, vendía turrones, caramelos, chocolatines. —Se queda pensando: —El circo. Yo ganaba ¡20 pesos mensuales! Y tenía nada más que diez años, ¿qué me cuenta?

Nunca pensó que sería boxeador hasta que peleó por casualidad a los 16 años en la Sociedad de Fomento de Villa Diamante. Después, casi siempre triunfó. De 40 peleas que hizo como amateur ganó 39 y en la revancha planchó por “knock-out” a su único vencedor, José Prusiano. Desde 1956 lo declararon profesional y finalista de los juegos olímpicos de Melbourne. Invicto, con 7 peleas ganadas se fue a Italia en 1958, después a Francia. —¿Sabe una cosa? El boxeo pule a la gente, la pone culta. El roce social que he adquirido no se paga con dinero. Me ha llevado a una altura social. Accavallo traga saliva y se angustia. Duda si fue claro: —¿Me entiende? Es un botellero que sabe francés. Y también italiano. Estudió en Europa. A su regreso siguió ganando. Del total de 68 peleas como profesional, ganó 62, empató 5 y perdió sólo con Burruni.

PÍCARO Y BIEN HABLADITO. Ahora se lo llevan a Accavallo para que se entrene. Y el cronista lo ve perderse entre los boxeadores que siguen absortos corriendo, saltando, pegándose, finteando. La única diferencia entre ellos y Accavallo es la media docena de periodistas que siguen al diminuto campeón argentino y sudamericano de los moscas, que corre delante con piernas muy flacas y venosas.

Dos horas después, EXTRA y Accavallo dejan el salón de entrenamiento y pasan a un túnel donde los boxeadores se desnudan, se duchan, se cambian. Aldrovandi masajea a Accavallo sobre una camilla de madera. Lo entalca, le frota los moretones. Hay tres periodistas que esperan afuera con nosotros; un locutor de Rosario, con un grabador portátil que quiere una nota. La gloria es este acoso asfixiante, pegajoso, despiadado, no sólo de la prensa sino de dos hombres que vienen a regalarle un cuero de león americano, o tres muchachos que uno tras otro entran a palmearlo. ¿A quién le importa realmente el tipo que hay detrás del campeón?

EL CAMPEÓN. EXTRA se encierra con Accavallo en un vestuario cualquiera. El periodista rosarino también está, pone el grabador y pregunta “¿Cómo se siente, Horacio?” De afuera, de la sala de entrenamientos, llega el resonar de los “punching-balls” golpeados sin parar con técnico furor por puños demoledores. Un fragor de ferocidad impersonal, tableteo de campo de batalla. El vestuario mide dos por dos; un calabozo que tiene olor a sudores acumulados, con muchísimos pares de guantes colgando de un clavo, una lamparita que apenas alumbra. Hay un espejo que tiene en el borde una foto de Perón, nuevita, en colores, con la banda presidencial y otra ajada de una “vedette” vestida a la moda de hace diez años con una dedicatoria indescifrable. ¿Cuántos hombres dejaron aquí lo mejor que tenían? ¿Cuántas derrotas y “tongos” y fracasos se lloraron entre estas paredes pintadas de un ocre sórdido? Hay un calentador, y un Cristo arrancado de un “Para Ti” y un mate y camisas colgando de otros clavos y botellas con tinturas para moretones y un calendario muerto en el 62.

El cronista le pregunta a Accavallo de qué clase social son sus admiradoras. Se encoge de hombros, piensa: —-Son de un nivel bastante muy encumbrado. Accavallo gusta a las mujeres. ¿Por qué? —Y… —sonríe como un chico— será porque se darán cuenta de que no soy ningún vacío. Será que soy noble; pícaro pero bien habladito. Le preguntamos si tiene novia. A Accavallo no le gusta hablar de cuestiones personales. El rosarino, que es cronista de boxeo desde 1928, toma la palabra y no la suelta: —Vea. A esta criatura no se le conoce inconducta —dice señalando al campeón. —No como otros que no tienen nada aquí dentro —y se toca la frente con el dedo. —Ahora se anda diciendo que el boxeo es un asesinato. Nada de eso. El asesino del boxeo es el propio boxeador cuando no se sabe cuidar. Ponga que este muchacho tiene novia y cuando se labre un porvenir se va a casar, queda simpático. El rosarino divaga, jugosamente: —Yo conozco el caso de otros boxeadores que faltan diez días para una pelea y conocen a una mujer. Se entusiasman y se van a la cama cinco días. Eso, ¿qué significa? Cinco días de entrenamiento menos. Y claro, a ese tren se van al diablo. Le preguntamos al rosarino quién lo mató a Lavorante.—Esa es otra historia. Pero el asesino del boxeo es el boxeador. Mire: el boxeador debe tener una chica buena para casarse y otras para salir. Tiene que aprovechar mientras le dure. Las mujeres de tapados de piel del “ring-side” van detrás del ídolo para lucirlo como una adquisición. Así que el ídolo tiene que tener la cabeza bien fría, usarlas, disfrutar, tirarlas y chau. El rosarino dijo lo suyo.

A todo esto Accavallo mira astutamente en silencio. ¿Llegará a ser campeón del mundo? ¿Burruni le cumplirá la palabra? ¿Habrá 50.000 dólares para pagarle al italiano? Accavallo pisa tierra firme. Más que el título, él tiene una obsesión: la cadena de zapaterías que piensa montar en Lanús… Él también sabe que la gloria es puro cuento…

El video con parte de aquella consagración (click en la foto)

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NOTA: En febrero de 1966, con 31 años, Horacio Accavallo viajó a la capital japonesa para enfrentar Hiroyuki Ebihara, campeón de la AMB . Esa era precisamente la ilusión de la que se habla en esta nota de la revista Extra de 1965 (un semanario de política dirigido por Bernardo Neustadt). Una lesión inesperada de Ebihara justo sobre la fecha de la pelea, obligó a la AMB a una salida de emergencia. El título se declaró vacante y Ebihara fue reemplazado por otro japonés, Katsuyoshi Takayama. El 1º de marzo de 1966, Roquiño Acavallo, con la dirección técnica de Héctor Vaccari y Juan Aldrovandi y con el acompañamiento del promotor Tito Lectoure, superaría por decisión dividida a Takayama luego de 15 rounds tras haber pasado un duro momento en el asalto inicial tras recibir un golpe en la mandíbula casi simultáneo con la campana de apertura. Antes de finalizar ese año (que vería el derrocamiento del presidente democrático Arturo Ilia y el comienzo de la dura dictadura del General Juan Carlos Onganía), Accavallo haría dos defensas exitosas, ante Ebihara y el mexicano Efren Torres. Además realizó seis peleas no titulares (entre ellas, una derrota por lesión ante el nipón Kiyoshi Tanabe) y tras volver a ganarle a Ebihara en el Luna Park el 12 de agosto de 1967 se retiró con la corona en su poder y un récord de 75-2-6 (34KO-1PKO).

 

ERNESTO RODRÍGUEZ III
@EPHECTO

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