UN DIA MARCADO

Hace exactos 40 años dos hechos conmovían al boxeo argentino. En Johannesburgo (Sudáfrica), Víctor Galíndez retuvo el título mediopesado AMB noqueando en el último round a Richie Kates tras sufrir una terrible herida en su ceja derecha. En Reno (EE.UU.), su admirado Oscar Bonavena moría en un asesinato nunca aclarado en las puertas del burdel más grande del mundo.

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El 22 de abril de 1976 es un día señalado para el boxeo argentino. En sólo 24 horas se mezclaron el drama y la gloria, el éxtasis y la muerte. Un boxeador (Víctor Galíndez) se recibió de ídolo al lograr la victoria más importante de su carrera. Otro (Ringo Bonavena) murió en un asesinato aún no aclarado. Vibrante como hace 40 años, transcribimos la crónica de Ernesto Cherquis Bialo en El Gráfico del titánico triunfo de Galíndez en Sudáfrica. Además, exhibimos una entrevista a Ezequiel Fernández Moores, autor de “Díganme, Ringo”, la mejor biografía escrita sobre Bonavena a mandera de homenaje.

La inolvidable noche de Galíndez. Por Ernesto Cherquis Bialo (Robinson),

Yo he visto mil muecas espantadas por el horror cuando su sangre comenzó a bajarle por la cara como una vertiente sin destino.
Yo he visto a su hermano arrodillarse en el césped del Rand Stadium pidiéndole a Dios su piedad infinita, a otros humanos tapándose el rostro para ampararse en la ceguera, a cientos de mujeres con la boca abierta y el rostro transparente por la palidez del miedo, a sus amigos en el rincón sudando la desesperación, a los periodistas temblar buscando una explicación.
Yo he visto la noche del 22 de mayo de 1976, aquí, en Johannesburgo, cómo un campeón mundial, herido, casi ciego, maltrecho y furioso cambiaba el destino de su vida por la única e invencible razón de los hombres: la fe.
Después que Richie Kates le chocara la cabeza abriéndole una herida profunda en forma de ‘L’ sobre el arco superciliar derecho, Víctor Galíndez había terminado su reinado. Si el referí Stanley Christodoulou hubiera aplicado el reglamento, las tarjetas computadas hasta el momento decretarían a Kates como ganador. Si el médico de la Comisión de Transvaal, doctor Clive Noble, se hubiera impresionado como las 42.125 personas que estaban en el estadio, el dictamen sería el rotundo basta, que cerraba el capitulo. Si Tito Lectoure hubiera vacilado un solo instante dudando del coraje de Galíndez, una toalla hubiera dicho adiós.
Pero esta noche -esta histórica noche- Todos se pusieron de acuerdo para darle a Galíndez la última chance. Por distintos caminos, sobre distintas pautas y con diferentes argumentos, un referí, un médico y un manager le dieron la posibilidad para que Galíndez cruzara la frontera hacia la grandeza.
El referí dijo: “Fue accidental, si no sigue peleando pido las tarjetas”.
El médico dijo: “La herida es profunda, pero no grave, puede seguir un poco mas”.
El manager (Lectoure) dijo: Si paramos nos quitan la corona, no hay más remedio que seguir”.
El boxeador, después de tres minutos de interrupción en aquel dramático tercer round, dijo: “Me duele, no veo nada, pero de aquí me bajan muerto. Ajústeme los guantes, Tito…”
Y la historia comenzó a cambiar desde el momento en que el campeón -a partir de hoy, muy buen campeón- apretó los dientes, disimuló las lágrimas de dolor con la sangre de la herida y comenzó a transitar con frenético estoicismo la meseta que sembraba su ilimitado coraje.
Hasta allí, una pelea: la izquierda de Kates sustentando la distancia propicia para dominar el ring y la pelea. Una estructura vertical que esterilizaba las intenciones ofensivas de Galíndez y un desplazamiento de mínimo gasto físico que le permitía estar siempre en posición de descarga con un elegante estilo de peleador sutil, fino. Ventajas para Kates y panorama espectante para el campeón.
Desde el cabezazo en adelante, otra pelea. Galíndez al ataque contra el rival, la herida, el tiempo, el médico, el referí y sus fuerzas. Entre el cuarto y el séptimo round, aquellas miradas de horror se transformaron en vivos mensajes de admiración. La gente se levantaba de sus asientos y todo el estadio -menos el sector alto y lejano poblado por negros- comenzaron a gritar: “Vic-tor, Vic-tor” con ese sonido extraño y emocionante de la fonética. Si esto se hubiera gritado en ‘argentino’ y en Argentina, el coro sonaría cálido y contagioso; gritando en inglés o afrikans (idioma local) era una plegaria sobrecogedora. A medida que Galíndez agrandaba su imagen bajo una máscara de sangre que teñía todo de rojo, a Kates parecía achicársele el corazón. Lo del 4º asalto fue excepcional: sin ver más que un bulto movible empezó y terminó tirando golpes. No me pregunten qué golpes eran, no lo sé, ni podría precisarlos. Eran golpes, yo creo, de un león herido. En el 5º, Kates intentó retomar una línea de calma sin presentarse a la pelea frontal y fue desbordado. En el 6º terminó ‘groggy’ alcanzado por una izquierda en cross después de haber recibido no menos de seis ganchos a la zona abdominal y en el 7º, como obra de un milagro, después de una tunda, la campana salvó a Kates del nocaut ya que el referí, en el mismo rincón del argentino, le contó 9 segundos de caída efectiva al retador de Nueva Jersey.
En esta noche de gloria para Galíndez no cabe la posibilidad de una pausa para determinar pautas técnicas. Genéricamente ganó porque fue hombre y campeón. Ganó sintiendo la pelea como una actitud frente a su futuro sabiendo que se jugaba algo más que un resultado: La televisación le daría la posibilidad de mostrarse en toda su dimensión para imponerse al público.
Fue en el 15º, en un momento en que todos juegan, miran el reloj, buscan amarrarse para terminar o caminan hacia atrás bailando para impresionar al público y los jurados demostrando estar en buenas condiciones físicas. Galíndez ensayó, sobre el final, un golpe que había practicado mucho en los últimos meses: el directo de izquierda de abajo hacia arriba. Un golpe de largo recorrido, que va con la carga del hombro, el apoyo del pie izquierdo, el acompañamiento del torso y totalmente suelto, como quien pega contra una columna cercana caminando por la calle. Así tomó a Kates en la definición. Proyectado hacia adelante, como quien tira la mano para tomar distancia. Llegó plena al mentón y Kates cayó de espaldas a través de toda la dimensión de su cuerpo, con los ojos cerrados, una respiración acelerada y los brazos vencidos y semiabiertos en cruz, la boca entreabierta y el gesto quejoso. Mientras Christodoulou le contaba, Galíndez, consciente de que Kates no se levantaría, comenzó a festejar el triunfo con fréneticos movimientos. No era una burla a su adversario, era la celebración de un autodesafío ganado.
Sobre el cuerpo vencido de Kates, el campeón Galíndez apoyaba con seguridad sus pies en un pedestal que él mismo está construyendo. Los tiempos futuros dirán si esta misma sangre viril que quedó en el ring de Johannesburgo ha servido para que la historia del boxeo le reserve un lugar.
Los sesenta metros que recorrimos entre el ring y el camarín fueron el epílogo de una noche inolvidable. Los sudafricanos llevaron a Galíndez en andas, luego que el locutor dijera en medio de un profundo silencio: “En la pelea más fantástica de todas cuantas hayamos visto en Sudáfrica, Víctor Emilio Galíndez retuvo su corona por nocaut en el 15º round”.

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El momento del KO. Click en la imagen para ver el video

Aquí, una entrevista a Ezequiel Fernández Moores en el programa Bonito Cuelgue, a raíz de la reedición de “Díganme Ringo”, la biografía de Oscar Ringo Bonavena.

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Escenas del velorio de Bonavena en el Luna Park. Click en la imagen para oír el reportaje.

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