TRÁFICO DE CARNE EN PRIMERA PERSONA

A partir de tantísimos combates en los que boxeadores argentinos salen al exterior cual tráfico de carne humana (el choque de hoy entre Ezequiel Maderna y Artur Beterbiev es claro ejemplo), el entrenador Enrique Sánchez da su certero punto de vista.

Ali

Chiquito Zárate fue informado pocos días antes de su pelea para enfrentar al ex campeón mundial Shannon Briggs. Se puede ver el único round de combate haciendo click en la foto.

Creo que a muchos se les fue la mano en las críticas a los boxeadores que pelearon en el exterior últimamente. Leo que acusan a los muchachos de ir a menos, a tirarse, a robar la plata, y no es así. Nadie averigua todo lo que rodea este tipo de aventuras. He visto en mi vida, púgiles ansiosos, nerviosos, hasta asustados, pero dudo que en el fondo de su alma no quede esa esperanza de ganar, de revertir lo que desde el vamos se presenta ajeno, en una pelea brava. Donde tiene todo en contra. Porque por sobre todas las cosas, el boxeador es un luchador.

A los que tocan de oído, les aconsejo ir a un gimnasio, ver como se rompen el traste laburando, muchas veces en condiciones paupérrimas y con grandes falencias. Invierno, verano, con lluvia, con sol, cansado ó no. El púgil argentino no vive del boxeo (salvo raras excepciones), por lo que dedica a la preparación el tiempo que le queda después de laburar como perro en el surco. Una cosa es levantarse a las 6 AM, ir a correr, hacer la parte física, volver a un lugar confortable, alimentarse bien, descansar unas horas para después ir al gimnasio toda la tarde, y tras ellos regresar al lugar confortable mencionado, distraerse e ir a dormir para repetir la rutina los restantes días hasta la pelea.

Otra cosa es levantarse a las 6 AM, ir a trabajar a un taller, una fábrica, una construcción diez horas por dos mangos y luego, con el resto físico que queda, ir un rato al gym a “tratar de ponerse a tono y pelear”. Sabemos que las “ventajas económicas” que otorga el boxeo argentino son solo para un manojo de turros que no reparten la torta y que no son los boxeadores precisamente, al púgil le dan las migajas. Después venimos los otros. Los pelotudos que hacemos boxeo inventado como magos recursos para no quebrarnos económicamente. Veladas en las que la familia y amigos no solo nos dan una mano, sino que muchas veces hasta nos ayudan económicamente para poder cumplir con todos.

Ejemplo: La última pelea de mi pupilo Leandro Almagro en Rosario, el promotor Juan González me dijo claramente que si nosotros (mi equipo) no generábamos las bolsas de los profesionales y los gastos del púgil visitante, era imposible llevar adelante la velada. Y yo sé que es verdad. Porque lo viví muchas veces.

¿Cómo hicimos? Leandro vendió entradas anticipadas (muchísimas), con lo que aseguró la bolsa de su rival. El poco dinero que quedó, paso a formar parte de sus honorarios. Pero faltaba recaudar los gastos para el chico que venía del interior. Entonces recurrí a un amigo para ver si podía colaborar con algún dinero a cambio de publicidad, y con ello hacer frente a los gastos de los viáticos (pasajes, hotel, comida). El hombre aceptó y la pelea se llevó adelante.

¿Por qué les cuento todo esto? Porque si mañana me llaman para que Almagro (por nombrar uno) pelee con Márquez por u$s 10.000 (son monedas en el plano internacional), el tipo va querer ir, por todo lo apuntado arriba, más allá de sus chances de ganar. ¿Cómo hago para decirle que no? ¿En ese caso qué hago? ¿Me abro de piernas y lo dejó solo?

Por eso, no hay que analizar solo pugilísticamente a los chicos que viajan afuera. Eso es lo de menos. No crucifiquemos a los muchachos. Vivimos en un sistema perverso dentro del boxeo. Injusto. Los viejos solían decir: “La necesidad tiene cara de hereje”. Zárate, Abalos, Ocampo salen en busca de una bolsa que acá nunca van a ganar. Sabiendo que van al matadero. Porque aquí, lo que se paga es una vergüenza. Porque el grueso del dinero, repito, va al bolsillo equivocado. Y a veces, hasta lo que cobran afuera es una miseria. Pero a nada…

Les cuento otra de Almagro. Hace un tiempo recibí una oferta de Australia para llevarlo a pelear con Michael Katsidis. La bolsa era de u$s 1500 más 200 para gastos de comida. Es verdad. Debo tener el fax aún por ahí. Un bochorno. ¿Y saben qué?
Yo pude decir que no. Pero lo triste es que si hacen ese tipo de ofertas, es porque hay alguien que acepta. Siempre hay un roto para un descosido, dice otro dicho.
¡Muchachos! Criticar desde la comodidad delante de un teclado es fácil. ¡Lo ideal sería hacer algo!

El problema del boxeo argentino es muy grave. Si limpiamos una pileta sacando lo que flota eso no significa hacer un buen trabajo. Porque la mugre verdadera es la que se junta en el fondo. Para el boxeo, lo que es del boxeo. Paremos con dirigentes que se consideran capaces porque vieron a Tyson morderle la oreja a Holyfield, o siguieron por tele la carrera de De La Hoya. El boxeo pasa por otro lado. Digo esto, porque el cambio debe ser desde la dirigencia.

Hace días se contactó conmigo un dirigente de la FAB a raíz de unas críticas que hice por FB. El hombre es muy educado, amable, lo barrunto buena persona. Pero en el pequeño debate privado que tuvimos me preocupó la falta argumentos para explicar cosas que están fuera de lugar desde en la entidad madre. Y eso que no tocamos temas claves. Asi estamos.
Entonces, no critiquemos a Chiquito Zárate por perder una contienda en las que no tenía chances. Cayó ante un tipo infinitamente superior, de otro nivel, en un pleito al que no podía decirle que no. En vez de destrozarlo, tratemos de crear de una vez por todas, un sistema que no obligue a los Zárate, Abalos, etc, a exponerse a este tipo de peligros.

En fin. Pobre mi boxeo. Estas cosas me hacen inestable en la actividad. Yo soy un nadie en el boxeo. Pero me creo util. Solo pertenezco a esa raza que todo lo que hace por el pugilismo, es sin ningún tipo de interés material, economico. De hecho, en casi 40 años de estar en esto, jamas nadie me ayudó siquiera con un par de guanteletas. No tengo gimnasio propio. Y aquí estoy aún, preguntándome todos los días: ¿valdrá la pena?

ENRIQUE SÁNCHEZ

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