LATIGAZO INOLVIDABLE

Hace exactos 30 años, Juan Martín Coggi noqueó en tres rounds a Patrizio Olivia y logró el primero de sus tres títulos mundiales AMB en la categoría superligero. Para honrar aquella histórica gesta en Sicilia, ofrecemos la notable semblanza que escribieron Enrique Martín y Ariel Nesci en el libro “En este rincón”.

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Está a punto de salir la zurda que cambió la vida de Coggi hace 30 años.

Santos Zacarías siempre supo cómo se afirman las piernas sobre la lona de un ring, por Juan Martín Coggi aprendió haciendo equilibrio sobre el techo de los vagones del viejos Ferrocarril Roca. Toda una odisea viajar colado desde Brandsen solo para molerse a bollos en el gimnasio del Luna a los quince años. La decisión ya estaba tomada, sin necesidad de escuchar a nadie más influyente que su propia voluntad, para enfrentar la vida con las pocas armas que tienen los pobres: sus brazos. En este caso, sus puños, su puño izquierdo tan poderoso como un machete de campo. Si sale, que salga cortando, dijo el viejo Jauretche. Y el látigo de Coggi se encargó del resto, descargado con una ferocidad que nace en el gesto, en los ojos, en la masa muscular próxima a estallar en un volcán siempre a punto.

No debe saberlo Coggi, pero su determinación lo lleva de la nariz, lo pasea por el mundo sin necesidad de meditar demasiado. Dispara y ya está. Al piso con Pajarito Hernández (otro de extrema izquierda), al hospital con más de cuatro, al olvido con Patrizio Oliva, al archivo con los récords: tres veces campeón mundial superligero AMB y 17 contiendas por el cetro mundial. Una enormidad propia de un insaciable dispuesto a dejar en su camino hasta la última gota de saludo, el último gramo de coraje, la última bala de cañón.

Entre la férrea escuela de su descubridor, primero, y el peso amistoso de Osvaldo Rivero (una grúa oportuna inquebrantable), después navegó Coggi a favor y en contra de la corriente, y siempre salió a flote. Casi inmolado en el infierno tucumano que desató el impensable Éder González; caminando en la cornisa de la máxima inconsciencia. Sí, Coggi ganó esa pelea en estado de ebriedad boxística. Ni él sabe cómo lo hizo. Ni sabe que lo ayudaron porque él sólo pidió que no lo bajaran del techo del vagón. Nunca hubiera sacado una ventaja por su cuenta.

En fin, Coggi es más duro que el árbol que se llevó puesto a 200 kilómetros por hora. Duro de noquear, duro de convencer, duro por capricho sanguíneo. Si fuera por él, todavía estaría tratando de aplastar a Randall, en una cuarta e imposible versión de su aventura favorita: demostrar que siempre hay un round más, un segundo más, un zurdazo más en el loco bolillero de su credo empecinado. Cayó cuantas veces fue necesario, únicamente para comprobar que sólo se habrá rendido cuando alguien lo disponga más arriba de la primera cuerda, afuera del estadio, en una dimensión diferente acaso transportable a aquellos gladiadores romanos que peleaban a finish contra los leones. Coggi sabe que el mundo es como la selva, pero no se conforma con el papel secundario. Él es el león, con el látigo al hombro

Video del KO3 a Patrizio Oliva001

ENRIQUE MARTÍN y ARIEL NESCI
(EN ESTE RINCÓN)

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