DE LA HOYA: DEL RING A LAS RULETAS PUNTANAS

El multifacético Golden Boy estuvo tres días de visita en la pequeña ciudad puntana de Villa Mercedes. Su eterna sonrisa se confundió con slots y militantes peronistas. Una crónica de un delirante paseo, tras los pasos del héroe, por los diferentes rincones puntanos.

DLH

En su paso por Villa Mercedes, el Golden Boy dejó la huella de sus puños.

De la tribuna bajan cánticos que apuntan hacia el ring. Se oyen canciones de cancha, se ven remeras identificatorias, y algunas banderas con leyendas emotivas interrumpen el panorama visual. Hay nueve peleas entre boxeadores profesionales y Oscar de la Hoya está sentado en las butacas de primera fila.

Sin embargo, al color que rodea al estrambótico polideportivo del Parque La Pedrera no lo ofrecen amantes de los puños, sino un séquito de militantes de la Juventud Peronista de Villa Mercedes que colman una tribuna, bailan y cantan por Alberto Rodríguez Saá, el gobernador de San Luis que no dudó en poner el dinero para pasearse con el miembro del Salón Internacional de la Fama del Boxeo frente a las cámaras que lo muestran a toda Latinoamérica.

El mismo Rodríguez Saá que, desde 2007 y hasta el año pasado, apostó a otra aventura deportiva para sacar réditos políticos: inauguró el Tour de San Luis, la carrera internacional de ciclismo en ruta que este año se suspendió, según fuentes oficiales, “por falta de apoyo estatal y privado”.

Además de la Calle Angosta –“la de una vereda sola”, esa que José Adimanto Zavala y Alfredo Alfonso transformaron en cueca cuyana, en la década de 1960–, hay un puñado de casinos y no mucho más. El desabrido menú turístico de la pintoresca Villa Mercedes podría engullirse sin demasiado esfuerzo y en apenas un par de horas.

No obstante, De la Hoya dice presente de jueves a domingo y, con la sonrisa ancha como tatuada sobre el rostro, sorprende a todos. A la comitiva de camarógrafos, fotógrafos, pilotos de drones y a los 150 presuntos periodistas acreditados al show.

Tras los pasos del héroe

El Golden Boy se apresta a tomarse selfies, comer bifes de chorizo y medialunas, a cambio de seguir de cerca la carrera de su primo, Diego, el mejicano que más tarde va a lograr la 19° victoria de su carrera: por puntos, luego de 10 rounds, y frente al cordobés Alan Luques Castillo.

Los tragamonedas destilan los mismos ruidos, luces y desesperanza que arrojan en Las Vegas. Los hoteles y sus ruletas se vuelven atractivos ineludibles en una ciudad donde la fuente laboral, la industria y el divertimento marchan, como en buena parte de la provincia, al ritmo de los fondos estatales.

Lejos del estado de Nevada, De la Hoya camina por Villa Mercedes como si lo hiciera por la Ciudad del Pecado: aduladores, voceros y aplaudidores de turno emulan a los malditos “amigos del campeón” y ofrecen favores y celosa custodia.

“Despacio. Tranquilos. Sólo unos minutos, sólo de boxeo”, repetirán desde su entorno, advertidos de que algún osado cronista se atreverá a preguntar por algo más que las sensaciones sobre su estadía en el país o su mirada acerca del pugilismo actual. Las compañías non sanctas se olvidan de las dos internaciones en clínicas de rehabilitación, en 2011 y en 2013, que el medallista olímpico afrontó por su adicción al alcohol y a la cocaína. Vale todo, si de aparentar con la leyenda del deporte se trata; incluso, si es a costo de su bienestar y de su salud.

Con cintura

Así que va una primera pregunta, a medio camino entre las permitidas y la posibilidad mínima de tocar otros temas.

–Tuviste una vida muy particular: fuiste múltiple campeón mundial, te convertiste en una verdadera estrella y, sin embargo, no estuviste exento a los problemas que padece cualquier persona. ¿Cómo está Oscar de la Hoya, el ser humano, hoy?

–Estoy muy bien, gracias a Dios. Siempre manteniendo los pies sobre la tierra, y estoy muy agradecido del público, de la familia y de mis colegas. Estoy feliz de estar en Argentina: este es un país muy bonito, donde se siente el calor de la gente.

El Golden Boy sale de las cuerdas, hace cintura y le esquiva al intercambio de artillería pesada. Harto de no rehuirle al peligro en un entarimado, ahora, retirado y de paso por Argentina, elige un ida y vuelta liviano.

“San Luis es una provincia hermosa. Lo más importante es que, con este evento, podemos impactar en la juventud. Tengo el honor de traer a mi primo, que es un peleador de sangre, que tiene los méritos para llegar a ser campeón mundial. Me acuerdo de cuando yo tenía 6 o 7 años y vi a (Muhammad) Alí entrar a mi gimnasio, y yo no sabía quién era pero hablar con él me motivó a ser un buen muchacho, un buen hijo, un buen estudiante; todo bueno en la vida. Y eso es lo que hace el boxeo, ese es el impacto que tiene. Así que este evento quizás pueda tener ese impacto. Y, con mi presencia, quizás pueda impactar a esa juventud”, dice. Y así, con la misma elegancia con la que frustraba iracundos rivales, baja el tono y reencauza el destino de la rueda de prensa.

Las mil y una caras

Fue medallista de oro en un Juego Olímpico, campeón mundial profesional en seis pesos distintos y acumuló, a lo largo de 29 peleas con el título del mundo en juego, la friolera de 700 millones de dólares, más que Mike Tyson y que todas las glorias del boxeo argentino juntas.

“Boxeador, cantante, escritor”, exageran pero no mienten Wikipedia, Google y el resto de los motores de búsqueda. Y es que, aunque él mismo no lo incluiría en su currículum vitae, Oscar de la Hoya fue, también debajo del cuadrilátero, un artista –bastante menos dotado que con un par de guantes cubriendo sus puños, claro está–: se dio el gusto de, bajo el sello de EMI Internacional, lanzar en el año 2000 un disco (titulado Oscar de la Hoya, escrito y producido por Diane Warren y los Bee Gees) y hasta se atrevió a escribir –en 2008, de la mano de Steve Springer, periodista de Los Angeles Times– Un sueño americano, un libro autobiográfico que las editoriales Rayo y Harper Entertainment publicaron en castellano y en inglés, respectivamente, y que en la actualidad se encuentra disponible en Amazon.

Y fue más allá. Porque en 2002 se convirtió en uno de los empresarios más influyentes en la industria del deporte, tras fundar Golden Boy Promotions, la compañía con que promueve boxeadores de elite y shows boxísticos estrafalarios alrededor del mundo, y con la que se autogestionó buena parte de la carrera.

Rebelde sin pausa

De la Hoya sacudió las estructuras y, en un acto de rebeldía y superación, dejó en claro que un boxeador era capaz de negociar sus propios combates. El pico más alto de ese nuevo perfil lo alcanzó en 2007, cuando organizó su choque frente a Floyd Mayweather, el estadounidense que, aunque lo venció, colaboró para hacer la segunda pelea más lucrativa en la historia del boxeo: 2.4 millones de personas pagaron el pay per view (PPV) y, dejando atrás los 1.99 millones de televidentes pagos que ostentaba la pelea de pesos pesados entre Mike Tyson y Evander Holyfield, generaron ganancias por 120 millones de dólares.

Pero a esa vida de novela que asomaba perfecta le iban a faltar algunos capítulos inesperados. Como los romances y escándalos con cantantes (con la puertorriqueña Millie Corretjer se casó y tuvo tres hijos: Oscar Gabriel, Nina Lauren Ninette y Victoria Ninette), modelos (Shanna Moakler, ex Miss Estados Unidos y otrora chica Playboy, es la mamá de Atiana Cecilia, otra de los seis hijos del exboxeador) y demás mujeres mediáticas (en Hollywood aseguran que tuvo un affaire con Paris Hilton).

O como cuando, a los 17 años y mientras se entrenaba para buscar el oro que finalmente consiguió en la Olimpiada de Barcelona 1992, falleció Cecilia, su mamá y su padre, Joel, que paradójicamente trabajaba haciendo el mantenimiento de un cementerio, debió pedirle prestados cinco mil dólares a Shelly Finkel, un famoso mánager de boxeadores que se ofreció a pagar el sepelio.

O como cuando decidió adoptar la nacionalidad de sus padres y se naturalizó mejicano, en diciembre de 2002, decisión que no bastó para enterrar el disgusto absurdo y deportivo que había provocado en los corazones aztecas al representar a Estados Unidos en los Juegos Olímpicos y, más tarde, al noquear dos veces al gran Julio César Chávez.

O como ahora, a los 44 años, cuando en la tierra donde nació José María Gatica, el boxeador que tocó el cielo con las manos con Juan Domingo Perón en el poder y que mamó el barro y acabó muriendo en la pobreza cuando derrocaron al expresidente, hizo un vuelo rasante de tres días por una ciudad inhóspita que, sin saber muy bien cómo ni por qué, lo cobijó como a uno de los suyos.

ANDRÉS MOONEY
@ANDRESMOONEY

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