LA ÚLTIMA GRAN FUNCIÓN

Hace 40 años, Carlos Monzón subía al ring por 100ª vez en su carrera profesional. Aquel sábado 30 de julio de 1977 derrotaba por segunda vez al colombiano Rodrigo Valdez para retener la doble corona AMB-CMB de los medianos y, tras 14 defensas exitosas y un reinado de casi siete años, colgar los guantes. La crónica de aquella noche inolvidable por Ernesto Cherquis Bialo en El Gráfico.

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Monzón y Brusa, la inolvidable dupla que hace 40 años dio su última función.

Los tiempos futuros embalsaramán su grandeza. Será una cifra asombrosa o una anécdota mística. Sonará en los oídos de los hombres de hoy y de mañana. Cuando se diga Monzón se dirá algo grandioso, epopéyico, apocalíptico. O no se dirá nada más que Monzón, como si un suspiro vibrante resumiera el concepto absoluto del todo, del siempre, del incomparable. Los periodistas podemos tener dos corazones: uno normal que regula los hechos con la lupa de la objetividad, y otro alegre que se acelera ante lo extraordinario. Cuando el corazón normal queda funcionando ante la máquina de escribir sólo se logra reflejar un hecho que da respuesta a la gente. Cuando el corazón alegre vibra en armonía con el teclado, se da algo más que una respuesta: se da un homenaje.

Esta es la hora de homenajear a Monzón. De brindarle con la letra escrita todos los gritos contenidos. De decirle con simpleza la dimensión de anchura. De reconocerle el color exclusivo de sus venas campeonas.

El propósito es escribir un comentario sobre la pelea. Pero esto no es posible sin ingresar, antes que nada, en la geografía ya bíblica de sus células sublimes.

Suena a himno y lo es. Tiene melancolía póstuma y lo merece. Huele a redención y también lo es.

El Monzón boxeador, el Monzón campeón, el Monzón grande sin antes ni después, el del ring, el de las piñas, el del pantaloncito corto y protector bucal. Ese que está con el torso desnudo, con el exclusivo idioma de su oficio, ha pasado a la historia como el más grande de los boxeadores argentinos, dejando su imagen eternizada en la nómina de los mejores del mundo.

Empezó perdiendo

Los dos primeros rounds pusieron una nube peligrosa. Todo cuanto traía Valdez a la pelea estaba a la vista y se canalizaba a través del idioma pragmático de su definición táctica. De la pelea del año pasado le había quedado como incentivo moral su cross de derecha. Con esa mano y con ese golpe el colombiano había conmovido a Monzón.

Estaba previsto que —desposeído de todas las presiones sicológicas no expondría nada y le otorgaba más chance— propondría una pelea franca, abierta, arriesgada. Si Valdez fuera un boxeador creativo, esa fuerza de su cruzado corto habría sido temible. Pero por ser un peleador mecanizado, se sabía que la proyección respondería a un impulso automatizado, repetido. En consecuencia, factible de neutralizar. Sin embargo, la mano llegó. Con justeza y vigor. Se insinuó en el primer asalto y se profundizó, dramáticamente, en el segundo. La del round inaugural fue una alerta, la del segundo, un susto. Cuando Monzón la recibió en la mandíbula resignó sus piernas. El árbitro Dakin vaciló un instante y se decidió por el conteo. Fue lo mejor que pudo pasarle a Monzón. Los ocho segundos de tregua le sirvieron para reponerse y reaccionar.

Se repuso al tomar aire y se despertó a la realidad de la pelea. El planteo le era adverso. La ofensiva dinámica de Valdez no encontraba respuestas válidas y hasta daba la impresión de cierta fragilidad en sus desplazamientos. Aquí hay que hacer un punto. Cuando digo que ese golpe despertó a Monzón quiero decir que apareció el campeón en toda su dimensión. Más que un golpe de efecto destructor —que lo fue— tuvo el valor del cachetazo que llama a la reflexión, que impone consignas con el espíritu y que reabre las compuertas del yo por encima de todo.

Valdez había sumado su primer punto de ventaja, agigantaba su imagen y sometía a Monzón a su ritmo. Eso fue hasta el momento de la caída. A partir de entonces recomienza una segunda etapa del match. La etapa grandiosa de un campeón grandioso.

Décimo round, definición de la pelea

El final del 9º asalto fue apoteótico. Comenzó con una izquierda a fondo y siguió con dos combinaciones rectas de uno-dos. Agregando, además, un in crescendo en su dinámica que levantó al estadio. Fue como esas melodías que de a poco se convierten en un sonido frenético. Valdez fue a su esquina confundido y tocado. Y mientras se escuchaba el Ar-gen-ti-na, Ar-gen-ti-na característico de los momentos de apogeo, nadie sospechaba lo que sobrevendría.

Antes de los treinta segundos de ese inolvidable 10º round se vivió una rara sensación. Primero los gritos que acompañaron al gong. Después un murmullo con destino de silencio. Y cuando el silencio llegaba, como a propósito, una derecha en punta que choca la ceja de Valdez y la abre como si fuera una granada madura. La sangre del colombiano baja por su torso, y Monzón, cada vez más implacable, reaviva su instinto y lo castiga a voluntad.

Tres veces se lo vio a Valdez cerrar los ojos y resignar las piernas. Tres veces pareció que el nocaut llegaba inexorable… Y aquí hay que hacer otra reflexión: en esa acción Monzón volvió a demostrar lo que es un campeón. Venía de una etapa casi crítica, desarrollaba y pensaba la pelea esperando un momento. Lo fabricó en el final del 9º y se jugó a fondo en el 10º buscando el remate. Y aunque no lo consiguió, tuvo el mismo valor, porque definió la pelea. En ambos sentidos: para él porque a partir de ese instante podía reasegurar los puntos de ventaja con un esquema conservador. Para Valdez porque el retroceso en las tarjetas le exigía lo que ya no podía: encontrar una mano.

Todo lo que pasó después de ese 10º round fue más tenso que técnico, más expectante que concretó.

Monzón ya no quiso arriesgar, intentó —y logró muchas veces— ponerle hielo al fuego de Valdez. Quedó la imagen guapa dei derroche casi suicida del colombiano. Su último aliento por encontrar una mano, su generosidad simbolizada en el rostro desfigurado y el cuerpo mojado a través de los poros sufrientes. Un Valdez que lucha, un Monzón que boxea. Un Valdez que agoniza, un Monzón que perdura soportando el dolor de su mano derecha rota desde el 10° round.

Lo que jamás olvidaremos

Estuvo un año sin pelear. Un año viviendo civilmente, lejos del gimnasio y el cuidado. Se entrenó tres meses. Dentro de una semana va a cumplir 35 años. Filmó dos películas. Fumó 40 cigarrillos por día. ¿Qué más?… No sé, todo lo que para cualquier otro hubiera sido definitivamente mortal. Dramáticamente deteriorante. ¿Qué puede esperarse de un hombre en esas condiciones? Sin embargo por primera vez soportó un corte en la nariz. Y por primera vez, en campeonatos mundiales, tocó la lona. Empezó perdiendo y replanteó todo. Definió en el momento en que definen los elegidos, cuando hacía falta.

Y por todo esto —dicho desordenadamente para subrayar los contrastes— se quedó con la corona. Los periodistas podemos tener dos corazones: uno normal que regula los hechos con la lupa de la objetividad, y otro alegre que se acelera ante lo extraordinario. Hoy, frente a este campeón excepcional nuestro corazón vibra feliz sobre el teclado. Monzón ha dicho que se retira y no hay razones para dudar. Del corazón alegre surgen frases precisas porque la emoción es una frontera peligrosa con dos zonas totalmente opuestas: de un lado el sentimiento y del otro frases, sólo frases.

Ante lo insignificante o ante lo grandioso no hay palabras. Quedan definidos por sí. Lo que Monzón hizo esta noche era digno de él: irse del boxeo aclamado, reconocido, respetado y admirado. ¿Hay alguna frase que lo pueda sintetizar? Acaso sólo una: Gracias, Monzón…”

ERNESTO CHERQUIS BIALO (ROBINSON)
El Gráfico 3017 (2 de agosto de 1977)

El video de la pelea completa

 

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