MANDRAKE, CON OTRO TÍTULO

Cuando joven, Gustavo Ballas se consagró campeón mundial supermosca y derrochó su talento boxístico con el mismo descuido que se entregó a la vida fácil. A los 59 años, tras recuperarse de sus adicciones, completó la primaria, da charlas de ayuda a y quiere ser psicólogo. Brillante historia de Andrés Vázquez en La Nación.

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La emoción de Ballas con su título primario. Foto Diego Lima.

La vida lo cachetea de felicidad. Su presente es un millonario cheque al portador en sentimientos y sensaciones. Una alfombra roja desplegada para su gloria personal. Recuperado de la adicción a la droga y el alcohol, Gustavo Ballas -excampeón mundial supermosca- no para de ganarle rounds al cruel pasado que lo tuvo de rodillas. A los 59 años, con la misma picardía y los mismos reflejos que exhibía en el ring, logró un título que vale mucho más que aquel que se ciñó en la cintura ante el coreano Suk Chul Bae en el mítico Luna Park, en 1981. Convertido en un verdadero ejemplo de superación, acaba de terminar la escuela primaria y relanzar sus sueños a objetivos mayores. “Esto es como ganar la corona argentina; el año que viene arranco la secundaria y después iré por el título mundial. Mi sueño es recibirme de psicólogo en la universidad”, comenta Gustavo, apenas arranca el diálogo con LA NACION.

Lejos de los cuadriláteros, aunque siempre con la guardia en alto, Ballas transformó su destino en una pelea constante. Tras más de 15 años de lucha con el flagelo que lo extinguió como boxeador, el hombre disfruta de su presente y no se avergüenza de lo que vivió. Por el contrario, lo aprovecha como fortaleza y estímulo para proyectar un mañana sin equivocaciones. Motivado por su genio inquieto, decidió anotarse en el Programa de educación y alfabetización de jóvenes y adultos, que promueve el municipio de Villa María, y pudo terminar la escuela primaria 50 años después de haberla abandonado. “Soy un ciudadano común preocupado por lo que fui y comprometido por lo que puedo hacer. Si pudiera elegir nuevamente no sería boxeador; estudiaría”, dice.

Fue la infancia mínima y magra la que condicionó sus posibilidades de estudio en tiempo y forma. La rudeza de su existencia lo curtió para ser lo que lo hizo grande. Lo forjó en esa bravura con la que se modela un campeón mundial. Arriba del ring fue un hombre que se jugó la vida sin miedo. Pero esa historia se terminó. Ahora se siente débil ante ciertas situaciones. Como cuando no pudo evitar lagrimear el pasado martes, tras recibir el diploma en la escuela Ricardo Rojas, de la ciudad de Villa María. Ahora hay lugar para la sensibilidad, para la emoción. “Un poco arrugás.”, reconoce. Y se enfoca en un momento especial: “Cuando entonaron el himno me acordé del día en el que fui campeón mundial. Mi señora me dijo: Se te escapó un lagrimón. Y es así. Descubrí que me estoy poniendo viejo y que todo me emociona el doble.”.

Es que fueron dos años de esfuerzo y dedicación, en los que tres días a la semana compartió el aula con mucha gente en iguales condiciones. Dos años en los que su prioridad fue aprender para seguir soñando. “Pisar una escuela después de toda una vida fue un desafío personal muy bravo. Mi entusiasmo era mucho, pero el miedo a fracasar era mayor. Sin embargo, con el correr de los días todo se hizo más fácil”, dice Ballas, que egresó con un promedio general de 8,50 y asegura que el año que viene iniciará la secundaria: “Ahora que arranqué no me para nadie; en tres años espero colgar otro diploma en la pared del living de casa”.

Tocar fondo y reaccionar

La historia de Ballas tiene ribetes risueños, pero el paño es amargo, doloroso; en suma: arrancó muy mal. Tras acariciar sus sueños e intoxicarse de los peculiares halagos que llenan el alma de boxeadores cuando alcanzan la gloria, el Dandy del boxeo -como lo apodó el periodista Enrique Martin- lo perdió todo. Como si hubiese recibido un cross certero al mentón. Paradójicamente, las paredes descascaradas y los barrotes fríos de una celda de la cárcel de Devoto le marcaron el camino de salida del infierno. “Ahí reaccioné, me di cuenta de que había tocado fondo. El único que me visitaba era el taxista al que le había robado con un arma de juguete. Para él yo era lo máximo y me llevaba hasta la vianda”, recuerda.

Sin embargo, la vida, al igual que el boxeo, da revanchas. Y el doctor Jorge Lalo Rodríguez, un abogado de Villa María, le dejó una frase que lo marcó: “Vos vas a tener una segunda oportunidad”. Fue la gente de su pueblo la que pagó la fianza y lo ayudó a que iniciara un tratamiento en Bell Ville con el doctor Cristóbal Rosa. “Cuando salí me hicieron un homenaje en la plaza Anselmo Ocampo. Yo no sabía, pero toda la recaudación era para mí. El estadio estaba repleto y cuando me nombraron no quería salir. Tenía vergüenza, impotencia. Yo era un drogadicto, un alcohólico, no era más campeón. Pero me llevé la sorpresa más agradable de mi vida. Todos de pie gritando dale campeón… Ahí me juré ser otra persona y no defraudar a mi gente. Y aquí estoy”, asegura.

Desde hace unos años, con el apoyo del gremio ATILRA, Gustavo logró capacitarse en la Universidad del Salvador como Socioterapeuta en Adicciones y formó un grupo interdisciplinario de profesionales para ayudar a personas que padecen el flagelo de la droga y el alcohol. Todos los días se encarga de recibir a muchos pacientes con los que charla y le cuenta su experiencia para salir de la adicción. Pero más allá de las sesiones y debates sobre alcoholismo y drogadicción que encabeza, siente que debe reforzar todo lo vivido con un conocimiento académico. “Esto de atender gente en un consultorio sin ser médico ni licenciado me causa un poquito de pudor. Siento la necesidad de formarme para reforzar los conocimientos que me dio la experiencia”, señala el ex campeón.

Aquel anhelo de ser como Nicolino Locche, su ídolo de la infancia, reposa sin extrañeza a un costado de sus nuevos sueños. Los golpes sordos y frenéticos que le dio el éxito no pudieron doblegar su dignidad. Esas manos que durante mucho tiempo fueron el sostén de los guantes con los que intentó forjar su destino, hoy están abocadas a ayudar. “Más allá del preocupante ascenso de consumo de droga que hay, soy feliz ayudando y recuperando a los pibes que se drogan. Y siento mucha satisfacción por resultados. No tengo dudas de que yo nací para ésto”, expresa Mandrake, apodo con el que lo bautizó el periodista Ernesto Misray, en alusión al famoso mago.

Ballas habla con franqueza sobre las adicciones. “La bebida y la droga son una enfermedad brava. Hay que tener coraje para salir de esa inmundicia. A los pibes yo les pregunto: Si ustedes van por la calle y ven que hay mierda, ¿la esquivan o la pisan?. Casi todos responden que la esquivan. Entonces yo les digo: No acepten droga porque también es una mierda”. Y les hace una advertencia a los padres: “Nunca les den las llaves de la casa a sus hijos cuando vayan a un boliche porque no verán si vuelven drogados o borrachos. Los padres no podemos hacernos los distraídos porque los hijos son nuestros”, expresa.

El cordobés es un agradecido de quienes estuvieron en los peores momentos, sobre todo de su esposa Miriam, la Tana, la madre de su hijo Gustavo Adolfo (28 años), la persona que más aportó en la causa. “Ella viajaba por el mundo, era la señora del campeón, y cuando me fue mal, salió a limpiar casas para ayudarme. Estuvo en lo poquito que duró lo bueno y en lo mucho que la tuvimos que pelear. Sigo siendo un tipo con suerte”, comenta.

Ballas fue un artista del ring. Su boxeo elegante mezclaba a la perfección los esquives, los quiebres de cintura y los desplazamientos laterales. Se defendía de manera perfecta y pegaba con justeza. Una buena campaña amateur vislumbraba un promisorio futuro. “Quiero ser como Nicolino. Me voy a Mendoza”, le dijo a su primer técnico, Alcides Rivera. Y allí, de la mano de Paco Bermúdez, se transformó en un hijo adoptivo de la escuela mendocina. Tal vez, la más perfecta obra del maestro cuyano. A los 23 años, Ballas tuvo su noche de gloria el 12 de septiembre de 1981, cuando le ganó por KO en 8º round a Suk Chul Bae, en el Luna. “Por no creérmelas terminé noqueado por las tentaciones. Ballas salió del infierno y terminó la primaria. Si yo no hubiese sido el negrito de siempre, ese que decía todo que sí, que se prendía en las jodas con amigos de ocasión, tal vez la historia hubiese sido otra. O no. Capaz que me estrellaba contra una pared y no hubiese tenido a nadie que me ayudara como lo hizo mi pueblo”, sostuvo quien ganó 105 de las 120 peleas que protagonizó.

Para Ballas, el boxeo no sólo fue una forma de vida, sino también la única posibilidad que tuvo de escaparse de la calle, del frío y del hambre. Como les pasa a la gran mayoría de los que llegan a campeones mundiales. De niño se ganó la vida vendiendo peines y lavando copas en su ciudad. Nunca tuvo una madre que lo mandara a la escuela y le diera contención para que la gloria no se transformara en un duende traicionero. “El problema de los boxeadores en la Argentina es la educación. Nos preparan para dar y recibir golpes, no para enfrentar la vida. Y cuando tenemos todo, no sabes qué hacer”, dice. Y agrega: “Desde hace un tiempo estoy proponiendo que los técnicos de boxeo les sugieran a sus pupilos que estudien. Me hubiese gustado tener la posibilidad de ir a la escuela cuando era niño para tener la contención que no tuve en casa”.

Hoy, con la misma clase que boxeó a Pedroza, Laciar, Maruyama, Suk Chul Bae y tantos otros, Ballas afronta la vida sin remordimientos, disfrutando del presente y observando al futuro. “Ahora no bebo ni me drogo; mañana no sé, lucho para que no ocurra”, expresa como lema a una lucha interminable. “No hay que relajarse, el compromiso se debe renovar todos los días”, asegura. Por eso, sin pretender que digan maestro, Ballas sueña con seguir aprendiendo para que la vida lo siga cacheteando de felicidad.

ANDRÉS VÁZQUEZ
@ANDRECHOV

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